El
Consejo de Europa ha condenado el
franquismo y ha instado al Estado
español a que honre a las víctimas
de la dictadura, erigiendo
monumentos en su memoria e
instalando en el Valle de los Caídos
una exposición permanente que
recuerde los horrores provocados por
el régimen nacido del levantamiento
militar del 18 de julio de 1936. Ha
propuesto igualmente que el próximo
18 de julio, trigésimo aniversario
de aquella fecha de triste recuerdo,
sea declarado Día Internacional de
Condena del Franquismo.
La
condena está bien, pero ha dejado
fuera aspectos esenciales de la
cuestión. Los principales, en mi
criterio, son tres. En primer lugar,
no menciona –y, por supuesto, no
condena– la ayuda de facto que
las potencias occidentales prestaron
al alzamiento fascista, del que fue
muy llamativa expresión el Tratado
de No Intervención, por el que
decidieron no tomar partido en la
Guerra Civil subsiguiente. En
segundo término, no subraya que el
Estado español sigue mostrándose
complaciente con el bando
franquista, aceptando la existencia
de numerosos monumentos erigidos en
honor de sus integrantes y de
cientos de calles y plazas públicas
dedicadas a sus más destacados
miembros. (Escribo estas líneas
desde Santander, ciudad que todavía
es posible atravesar de punta a cabo
sin salirse en ningún momento de
calles que llevan nombres propios de
la iconografía de la dictadura y de
secuaces de Franco). En tercer
lugar, la condena del Consejo de
Europa no muestra su repudio ante el
hecho de que destacados franquistas
que jamás han mostrado
arrepentimiento sigan ocupando
puestos de relevancia en la sociedad
española actual.
Estas
tres insuficiencias tienen explicación.
No es que los integrantes del
organismo que agrupa a 43 países
del Viejo Continente se hayan
olvidado de esos aspectos del
asunto; es que no hubieran podido
mencionarlos sin que surgiera de
inmediato la división en su seno.
De entrar en esas consideraciones,
tendrían que afrontar la
incongruencia que supone condenar la
obra de Franco y, a la vez, aceptar
la materialización de sus
previsiones sucesorias. Y no desean
hacerlo. En absoluto.
En
realidad, ni siquiera los promotores
de la iniciativa buscaban algo
parecido a eso. Entre ellos había
socialistas españoles, como Luis
María del Puig y Luis Yáñez, cuyo
partido tiene excelentísimas
relaciones con empresas presididas
por destacados ex franquistas,
alguno de los cuales incluso ha
recibido en fecha no muy lejana una
condecoración oficial «por su
trayectoria de servicio público» (sic).
De
modo que la resolución del Consejo
de Europa tiene deficiencias graves,
pero lógicas.
«Más
vale poco que nada», suele decirse.
Pero no está tan claro. A veces lo
poco está para disimular vacíos
clamorosos que, de mantenerse, podrían
resultar más expresivos y, en ese
sentido, más aleccionadores. No sé.
Javier
Ortiz
(FUENTE:
Rebelión)